Griselda Reyes: Un éxodo que te deja sin palabras

Baruta, 14 de febrero de 2018.- Cuando ves las imágenes de venezolanos huyendo del país a pies, con lo que cargan encima y sus muchachos a cuesta, atravesando trochas, caminos verdes y ríos para llegar a quién sabe dónde, se te forma un nudo en la garganta, se te nublan los ojos por las lágrimas y te quedas sin palabras.

Esas imágenes están dando la vuelta al mundo, como la han dado las captadas a desplazados por conflictos bélicos y hambrunas: Siria, Etiopía, Eritrea, Somalia, Biafra (hoy Nigeria) y la misma Colombia.

Venezolanos abandonando el país en estampida, empujados a tomar una medida por causas mayores, expulsados por un gobierno – Estado incapaz de satisfacer las necesidades básicas de la población, incompetente para garantizar los derechos humanos elementales como la alimentación, la salud, la seguridad ciudadana y la vida y aún más inepto para rectificar.

Hambre. En Venezuela hay hambre y la gente se está muriendo por inanición. ¡Qué horror saber que seis niños y dos adultos perdieron la vida entre lunes y martes de carnaval en el estado Aragua, en algunos casos por comer yuca amarga, altamente tóxica, y en otros casos por ingerir basura y alimentos en descomposición!

¿Acaso no hay piedad para nuestro pueblo más depauperado? ¿Dónde han estado las autoridades gubernamentales del país, del estado Aragua o de los municipios que no ven la terrible realidad que se posa sobre nosotros?

Gente con hambre, que se lleva a la boca cualquier cosa que le parezca comida sin medir las consecuencias, porque el hambre no deja pensar. Y más horror da escuchar a los médicos de los hospitales públicos de Aragua reconocer que no pudieron salvar esas vidas porque tampoco cuentan con los medicamentos y tratamientos exigidos para atender esos casos de intoxicación.

Se están muriendo los más pobres de entre los pobres ante la mirada indolente de unos gobernantes que sólo pretenden eternizarse en el poder. Y otros pobres, menos pobres, sin recursos para costear un pasaje de autobús, desesperados por la situación del país, agarran a sus hijos, lo poco que tienen y a pies atraviesan el territorio para salir hacia Colombia, hacia Brasil o hacia Guyana. En un éxodo doloroso. Quizá tanta pobreza les ha hecho perder el miedo, porque ya no tienen más nada que perder.

Venezuela siempre fue un país receptor de inmigrantes. Primero, llegaron los europeos que huyeron de la Segunda Guerra Mundial y la posguerra, y después las comunidades latinoamericanas, en su mayoría colombianas, que vieron en nuestro país el paraíso terrenal por el boom petrolero.

Los venezolanos salían por motivos profesionales o con becas de estudio, pero casi siempre volvían, y quienes tenían recursos económicos lo hacían por motivos vacacionales porque además nuestra moneda, el bolívar, era tan fuerte que competía con el dólar.

Pero desde 2014 la realidad empezó a cambiar, porque se comenzó a registrar un fenómeno desconocido para nosotros: la migración masiva de venezolanos por razones de inseguridad y violencia, escasez y desabastecimiento. Se fueron nuestros profesionales más brillantes, familias con cierto poder adquisitivo y un personal altamente capacitado. Estados Unidos, España, Colombia y Canadá fueron los primeros países que se beneficiaron de esa mano de obra calificada.

Pero con el paso de los años, la pobreza y la hambruna comenzaron a tomar terreno en nuestro país, hasta el punto de que hoy no hay comida y la que se consigue no puede ser pagada por quien cobra un salario mínimo integral que no llega a 800 mil bolívares mensuales. ¡Que un cartón de huevos cueste 540 mil bolívares y un kilo de queso 380 mil es un exabrupto! ¿Cómo una familia puede subsistir con un salario mínimo?

La hiperinflación que estamos experimentando desde septiembre del año pasado fue el detonante y hoy se cuentan por millones los venezolanos que han huido de este desastre. Solo en Colombia hay casi 600 mil venezolanos, según cifras aportadas por las propias autoridades de migración.

Y hoy hay que agradecer a países como Colombia y Brasil que, sin estar preparados para recibir esta ola migratoria, nos han abierto las puertas y han atendido el clamor de un pueblo desplazado por la miseria.

Por eso cuando escucho a gente hablar de “invasión” norteamericana, por el despliegue de tropas militares en las fronteras colombo – venezolana y brasilera – venezolana, no puedo dejar de sentir pena por tanta ignorancia. Es normal que cualquier país que enfrente un desplazamiento forzado de los habitantes de su vecino, ordene a sus fuerzas militares desplegarse para mantener el orden, para regularizar el tránsito de un país a otro y para impedir el narcotráfico y el contrabando de cualquier mercancía que suelen proliferar en esas situaciones atípicas. Es lo que se llama control migratorio.

Porque para quienes no lo saben, ya en Colombia hay campos de refugiados para venezolanos. Y conocer esa realidad parte el alma a cualquiera y te deja sin palabras.

Oremos por nuestros hermanos venezolanos que han emprendido un viaje, tal vez sin retorno, buscando mejores oportunidades de vida para ellos y sus familiares y a quienes nos quedamos en Venezuela nos corresponderá asumir nuestra responsabilidad. Dejemos de esperar que alguien nos venga a sacar de este foso, es hora de que nosotros mismos hagamos la tarea.